30. Sobre los pestillos y las neuronas…

ppt: BRUJAS LA VENECIA DEL NORTE

Egun on, Amigas y Amigos.

Al hilo de mi relato de ayer y muy en particular del episodio de la puerta viajera de Diana, puedo captar un cierto reproche de algunas de vosotras hacia mí, por haberme mostrado algo insensible y negligente con las chicas de la Joven Orquesta, al no haberme preocupado de que todas ellas dispusieran de un pestillo en las puertas de sus dormitorios. Bien, vayamos por partes…

Como el relato de ayer era muy extenso, no pude añadir lo que voy a escribiros ahora, con el fin no de justificar sino de explicar el porqué de que yo pasase olímpicamente del contencioso de los pestillos, en vez de haber distraído un par de centenares de pesetas para comprar unos cuantos en una Ferretería de Borja o de Tarazona, cuando íbamos a comprar comida o a llevar a los chicos al Instituto.

Premisa inicial: detesto los pestillos… Lo que quiere decir que detesto, también, esa manía que algunos y algunas tienen por encerrarse a cal y canto, talmente como si sus vidas y su intimidad fuesen el tesoro más preciado del planeta. Por supuesto que considero indispensables los pestillos en un espacio público, pero no me gustan (y por ello los he eliminado sistemáticamente de mis domicilios), cuando se trata de espacios familiares o de personas muy allegadas entre sí como era el caso de la Escuela de la Joven Orquesta

Cuatro de las lectores de Adictos a los PPs son cuatro Señoras que han vivido en mi casa sucesivamente, en calidad de amas de llaves y solas conmigo, por espacio de varios años. Éstos son sus nombres por orden de aparición en el reparto: Roma, Esther, Susana a Isabel. Todas ellas, mujeres jóvenes o de mediana edad y enormemente atractivas. Pues bien, salvo en el caso de la primera, que data del primero de los pisos que ocupé en Santander tras mi primera operación de corazón, las tres restantes vivieron solas (insisto) conmigo, en una casa (que no piso) sin pestillo alguno y en la que nada obstaculizaba o impedía el paso a su dormitorio o a su cuarto de baño.

Pues bien, aunque me consta que al principio las tres lo echaron de menos, por una cuestión de simple costumbre, lo cierto es que vivieron tranquilísimas en mi casa y que muy pronto comprendieron lo que es obvio o debería ser obvio para cualquier persona en sus cabales: que por nada del mundo se me ocurriría a mí Lee el resto de esta entrada en: www.introitismo.es