Archivos Mensuales: octubre 2001

IX. Las primitivas Reinas

En uno de mis libros he desvelado cuáles fueron los primeros orígenes de la Monarkía y cómo ésta nació a orillas del Cantábrico, en forma de reinados femeninos que se prolongaban por un espacio de tiempo determinado (raramente de por vida), quedando rotundamente excluida la posibilidad de que la Reina de turno se perpetuase en el poder a través de su descendencia. A aquellas Rexinas o Reinas (de donde Regina y Rex), las elegían todas sus congéneres, juzgando por sus valores y méritos y sospecho que también por su belleza y encanto. Que es así como nació lo que decenas de miles de años más tarde los Griegos denominaron Democracia, convirtiendo en gobierno del pueblo lo que antes había sido el gobierno de las Damas. Dicho con otras palabras, el Matriarcado.

Merced a la Filología, he llegado a descubrir que fueron las antiguas Rexinas Públicas o Reinas Públicas, elegidas por el Pueblo, las que dieron nombre a la Rex-Pública o República. También, y en este caso por alguna letrilla de las Marzas y porque el sentido común así lo sugiere, he llegado a saber que a éstas se las elegía, solemnemente, en la fecha en que se iniciaba el año: el 1º de Marzo. Lo que resulta de una lógica aplastante, por cuanto esa fecha simbolizaba el nacimiento de la vida y lo que las Rexinas representaban era justamente a la primera mujer de la Tierra y madre común de la Humanidad: a la Reina por antonomasia. En la última noche de Hebrero = Febrero, pues, la Reina elegida el año anterior entregaba su cetro a su sucesora, asistiendo a todos los agasajos que en honor a ésta se desarrollaban en aquellas jornadas.

En la Noche de las Marzas, que era a su vez la Noche de las Flores, todo giraba en torno a éstas y la Mujer, representada por la Regina hacia la que, ocioso es decirlo, se prodigaban toda suerte de demostraciones de vasallaje. Como, por ejemplo, los Juegos Florales que otrora se celebraban en todas las poblaciones españolas de una mínima entidad y que hoy, como tantas otras cosas bellas en esta paupérrima España de hogaño, han pasado a la Historia. Juegos en los que se elegía a la Reina correspondiente, rindiéndole culto los Poetas con sus rimas más o menos inspiradas. Otro vestigio de aquellos mismos fastos marzeros son las elecciones de Majas, Pubillas o Reinas, costumbre que venturosamente permanece, aunque muchos hayan caído en la horterada de denominar Misses a esas por lo común deliciosas doncellas. No están, pues, ni tan lejos ni tan arrinconadas en la Historia las antiguas elecciones de Reinas Públicas, aunque su carácter se haya visto desvirtuado y hoy tengan sólo un valor meramente simbólico de homenaje a la belleza femenina. Antes eran mucho más que eso.

A falta de elecciones “Rex-Publicanas” en la Noche de Marzas, a falta de Juegos Florales, a falta del culto que siempre se rindió en España a la Mujer y a la Poesía, estrechísimamente fundidas aunque los poetas actuales lo hayan olvidado, esta obra, Los estadios del alma, es mi forma particular de rendir homenaje a una mujer y de coronarla, no como Reina Pública, ciertamente, pero sí como Reina de la Poesía. Pocos títulos cabría imaginar, más hermosos que éste. Mantengo viva pues, con esta obra, una tradición que se hunde en la noche de los tiempos.

En su Apología por la antiquísima y nativa erudición y ciencia de los Españoles, Alfonso García de Matamoros documenta cómo nuestros antepasados elegían a sus Reinas con la llegada de la Prima-Bera:

Todos a porfía se aplicaron a la Poética y a la Philosophía y demás ingeniosas y esclarecidas disciplinas, como Maya, hija del rey Atlante, venerada con culto por las Mujeres Españolas. Y no puedo juzgar a fábula lo que me acuerdo haber leído muchas veces en muy graves autores. Refieren haberla dedicado honores solemnes, cada año en días señalados del mes de Mayo. Lo cual persevera hasta nuestros tiempos. Pues manteniendo la costumbre antigua de España, vemos una hermosa doncella a quien los nuestros llaman Maya, ataviada de pomposas galas. A ésta la ponen en un sitial elevado y rodeada de doncellas hermosas, la veneran y obedecen como a reina todos los treinta días del mes de Mayo, renovando la memoria y tradición de nuestra patria, de aquella mujer tan varonil.

Ocioso es decir que estas Mayas veneradas en España hasta hace bien poco y que son las mismas a las que más tarde se ha conocido como Majas, no son otra cosa que una reminiscencia de aquellas Reinas a las que se entronizaba al iniciarse el año. ¿Cómo se explica que todo ese ritual acabase desplazándose al mes de Mayo? Pues bien sencillo: la fecha de comienzo del año ha estado siempre vinculada al comienzo de la prima-bera. Pero como quiera que estamos hablando de tradiciones que tienen centenares de miles de años a sus espaldas y que la climatología ni ha sido siempre la misma ni tampoco afecta del mismo modo a las diferentes regiones de la Península Hibérica en la que nacieron estas costumbres, pues sucede que la fecha de comienzo del año ha ido viajando a lo largo del tiempo, a tenor del momento en que en cada época se producía la llegada de la Prima-Bera. Estación que en regiones como Cantabria despunta ya a mediados del mes de Enero, en tanto que en otras nada lejanas como el norte de Burgos y la propia Cantabria meridional, no es raro que llegue en Abril y hasta, algunos años, en el mes de Mayo. Porque la llegada de la estación más bella del año, en la que algunos hemos tenido el privilegio de nacer, no la señalaba la astrología sino un hecho tan trivial y al propio tiempo esplendoroso y sublime como es la floración de los primeros árboles. Y de ahí, por cierto, que sigan alzándose Mayos en nuestros pueblos, del mismo modo que se hiciera con los Marzandrones de la Noche de Marzas. Y de ahí, como tantas veces he repetido, el que se vincule hoy el comienzo del año en Enero a la ornamentación de abetos en un número creciente de hogares de todo el mundo. Una tradición supuestamente anglosajona o germánica, que es exacerbadamente hibérica y que nuestros vecinos europeos estropearon. Porque eso de cargarse un árbol para meterlo en una casa, es una estupidez colosal. Los antiguos Españoles erigían un sólo árbol, que representaba a toda la comunidad.

En suma que la razón por la que los árboles de la Noche de Marzas pasaron a pinarse en nuestros pueblos en el mes de las Mayas, es la misma por la que la elección de éstas sufrió la misma mudanza y acabó fijándose en el mes de las flores. Que, recuérdese, estaba y está dedicado a la Virgen María. Léase, a la que hoy, ayer y siempre ha sido venerada como Madre de la Humanidad, habiendo sido conocida con multitud de epítetos entre los que se incluye el de Maya. Y de ahí que se atribuya a ésta la maternidad sobre Buda o sobre el dios Hermes.

Si Alonso de Matamoros, en el testimonio antedicho, dice que a la Maya la ponen en un sitial elevado y rodeada de doncellas hermosas, la veneran y obedecen como a reina todos los treinta días del mes de Mayo, es justamente porque ése era el tratamiento que recibían las Reinas de las primeras Repúblicas cantábricas, calcadas más tarde en el resto de España y en el sur de Francia. Que de ahí ese cortejo de damas de honor que aún acompaña a las Reinas o Majas de todas las Fiestas Mayores e, incluso, de las bodas más encopetadas. Porque eso de las Bodas, a la postre, no es sino otro eco más de la entronización de las antiguas Reinas. Por eso las bodas se celebran por y para las novias, sin que el novio pinte nada en ellas. Y es que todas las bodas son versiones a escala doméstica de la coronación de las Reinas.

Aunque las Mayas o Reinas de fiestas populares o Juegos Florales acabaron siendo figuras meramente decorativas, ello no es sino la consecuencia de que el patriarcado se cargase todas las instituciones femeninas, salvando de la quema, sólo, sus aspectos más superficiales, glamourosos e inofensivos. Lo que contribuía a que las mujeres siguieran deleitándose con este tipo de fastos tan exacerbadamente femeninos, mientras que los hombres, que los habían privado de todo contenido, detentaban el poder absoluto. Una entente cordiale que se ha mantenido por espacio de varios milenios y que, de hecho, persiste. Porque todavía hoy, el 90% de las mujeres siguen viviendo fascinadas por todas las bodas y fastos regios, sin que les importe un comino ningún otro asunto de mayor cuantía, relacionado con la Cultura o con la Política. Con el colorín y servir de dócil e ingenua clientela para los curas, ya tienen su vida más que completa. No, no eran así las  mujeres que nos han precedido, armadas de un valor impresionante y de un espíritu de sacrificio en la misma proporción. Y bueno es que haya alguien que las recuerde en esta época en la que la sociedad femenina ha caído en un materialismo atroz que está acabando con todo lo mejor que tenía. Que era eso: su abnegación y su espíritu de lucha, sacando adelante a sus familias y hasta a las comunidades de las que formaban parte, muy en la línea de todas esas heroínas del Oeste que todos hemos conocido y admirado en películas como la extraordinaria Caravana de mujeres. Así eran las mujeres de antaño: luchadoras.

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VIII. La sencillez es la esencia de la Poesía

La sencillez es, siempre y en todos los ámbitos, lo más difícil de alcanzar. Por paradójico que resulte. Por eso escasea tanto la poesía sencilla, que acostumbra a ser la más buena. Sin que ello signifique que un poema es ya bueno por el mero hecho de ser sencillo. Además, tiene que transmitir emociones. Y decir cosas de la forma más bella posible y, preferentemente, con musicalidad. Porque la sencillez en poesía equivale a transmitir el mayor número posible de impresiones, con la mayor economía verbal y ornamental posible y sin que ello redunde en demérito de la belleza y profundidad del contenido. Que, a la postre, Poesía no es otra cosa que una forma de expresar los sentimientos, envueltos en Belleza. Y aquí radican muchos de los males y carencias de la poesía contemporánea, porque siendo ya bastante arduo conseguir convertir en palabras los sentimientos, no digamos ya cuál es la dificultad que entraña conseguir que ese lenguaje se halle transido de belleza y, encima, de musicalidad. No es de extrañar, pues, que ante lo trabajoso del empeño, los poetas contemporáneos ora se olviden de transmitir emociones, ora de sentirlas, ora de expresarlas bellamente, ora de cantarlas con la musicalidad que, preceptivamente, debería exigirse de toda la Poesía que se produce.

Como he escrito ya con anterioridad, mi estilo es afín al de otros poetas, en la medida en que la buena poesía, como la buena música, guarda siempre semejanzas. Pero esas semejanzas no son fruto de influencia alguna, en la medida en que mi consagración a la labor de investigación histórica me ha mantenido alejado de la Literatura desde mis ya lejanos años de profesor de la Universidad de Bruselas. Hace de ello más de treinta años en los que, lamentablemente, pocas veces he podido aproximarme a la Poesía…, salvedad hecha de a la mía propia que, ocioso es decirlo, he seguido cultivando tenaz y apasionadamente desde que, antes de cumplir los quince años, mi profesor de Redacción del Colegio San José de Valladolid, el jesuita Padre Arenas que más tarde abandonaría la Compañía de Jesús, me descubriera mi vocación poética al decirme, de forma reiterada, que todo lo que yo escribía “era Poesía”.

En ocasiones, alguno de mis lectores me ha hablado de las afinidades que existen entre mi poesía y la de poetas contemporáneos como Luis Cernuda. Sin embargo, mal podría hablarse de influencia de este escritor sobre mí, cuando reconozco que no le he leído jamás. Por aquello de que sólo me atraen y me han atraído siempre los poetas de verdadera talla que, como sucede con todas las artes, son extraordinariamente escasos. De esta suerte, en mi juventud me deleité leyendo a poetas como San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Fernando de Herrera, Jorge Manrique, Calderón de la Barca… o Juan Ramón Jiménez. También hube de leer mucho, en este caso por imperativo profesional durante mi permanencia en la Universidad de Bruselas, a mi paisano Jorge Guillén. Un gran poeta, sin duda, aunque no excelso como los que acabo de citar.

Las afinidades entre la poesía de unos poetas y otros, son lógicas e inevitables en la medida en que la sensibilidad extrema que determina la vocación y la condición de poeta, tiende unos puentes o vínculos fortísimos y muy próximos entre cuantos cultivamos esta difícil arte que, sin la más mínima duda y les guste o disguste a quienes cultivan otras formas literarias, es la esencia misma de la Literatura. Su perla más preciosa y, por supuesto, escasa. Y hablo, obviamente, de la Poesía con mayúsculas. Y, por supuesto, de la poesía a la que la subordinación a la rima impone un plus de dificultad, al tiempo que obliga a efectuar un extraordinario, en ocasiones casi sobrehumano, esfuerzo de síntesis. Y en este caso me estoy refiriendo, muy especialmente, a esa forma métrica a la que conocemos con el nombre de soneto, en la que los condicionantes de extensión, métrica y rima elevan el grado de dificultad a extremos sólo mensurables por aquellos que, en alguna ocasión, han intentado pergeñar una de estas composiciones. Piénsese, solamente, en lo que supone que de algunas desinencias o terminaciones existan, en muchas ocasiones, tres o cuatro palabras como máximo que las contienen. Y que con esas palabras, cuyos significados pueden ser absolutamente dispares y hasta escandalosamente antagónicos, deben construirse los dos cuartetos o los dos tercetos que componen un soneto. Y hasta en ocasiones, si se mantiene la misma rima en toda la extensión de éste, la mitad de sus catorce versos. De ahí el fácil recurso de la inmensa mayoría de los poetas o sonetistas mediocres, ora a decantarse por rimas fáciles, ora a echar mano de nombres procedentes sobre todo de la Mitología, ampliando el número de posibilidades a las que recurrir para construir sus composiciones y supliendo con ello, en definitiva, la falta de talento poético. Y esto cuando no se apela al otro recurso, no menos simplón y fraudulento, de bucear en las páginas del Diccionario en busca de palabras insólitas con las que rematar las rimas. Palabras que no conoce absolutamente nadie (empezando por el autor de ese soneto) y que constituyen una burla para la Poesía y una tomadura de pelo para quienes beben en y de ella. Porque el mérito de un poema se mide, precisamente, por su sencillez y por la capacidad de su autor para expresar una idea o un sentimiento de la manera más comprensible posible y recurriendo a los términos del lenguaje corriente. Que no del lenguaje fosilizado que vive sólo en las páginas de los Diccionarios y que, justamente porque nadie entiende, no es válido para el lenguaje de la Poesía. Y esto reza igualmente para las alusiones a todos esos personajes mitológicos a los que se apela, no por ellos mismos sino porque su nombre tiene una terminación que se necesita para poder cuadrar un cuarteto o un terceto.

Un poema que no es sencillo y espontáneo es cualquier cosa menos un poema. Por muy perfecta que llegue a ser su rima. Porque, ¿para qué sirven una rima y una métrica impecables si el precio que ha debido pagarse por ellas es el del empobrecimiento o, lo que aún es peor, la pérdida completa del sentimiento que en forma de instantánea poética, constituye la esencia de la Poesía amén de su propósito final más irrenunciable? Un poema, un soneto, se escribe porque se siente y para que sea sentido. Y ¿cómo podrá ser sentido cuando a duras penas o incluso de ninguna manera llega a ser comprendido?

¡Cuántos sonetos de nuestra literatura clásica, debidos a poetas tan insignes como el mismísimo Francisco de Quevedo, son auténticos desperdicios poéticos porque sus autores se olvidaron de sentir al componerlos, preocupados sólo de que sus formas fueran impecables! Bueno, eso de impecables es sólo un decir, ya que no tengo yo por tales a aquellos sonetos en los que todo está forzado hasta límites inconcebibles, con tal de conseguir que las rimas cuadren como mandan los cánones. Y en este sentido, de esa suerte de sonetos -que por desgracia son la mayoría- yo no me atrevería a decir que son sonetos sino, más bien, sonsonetes.

Bueno será decir aunque sólo sean dos palabras, sobre la forma como buena parte de los clásicos rematan sus sonetos. Porque se diría que literalmente agotados tras escribir los dos cuartetos, apelan en los tercetos al recurso fácil de eludir la laboriosa rima 1-3-5 / 2-4-6, refugiándose en esta otra, 1-4 / 2-5 / 3-6, que resulta extraordinariamente más sencilla de construir pero que, en cambio, es también mucho menos bella y melodiosa. Yo he utilizado esta última rima en alguno de mis sonetos, pero ello ha sido en aras a la variedad que tanto me ha preocupado y preocupa imprimir en mi obra, tratándose como se trata de una colección que se encamina ya hacia los dos millares de sonetos, de los que la mitad hablan de amor y están dedicadas a una misma mujer. Lo que quiere decir que si grande es la dificultad de escribir tal cantidad de sonetos, a esa dificultad se añade la de tratar de eludir, por todos los medios, la posibilidad de incurrir en repeticiones o de dejarse atrapar por la rutina y la monotonía.

La rima libre de la poesía contemporánea, dentro de la pobreza formal que por lo común implica y de la renuncia total o casi total a uno de los valores esenciales de la Poesía, el de la musicalidad, tiene por lo menos la virtud de liberar a sus autores de todas esas incursiones en el ámbito de lo absurdo a las que los antiguos se veían abocados por mor de la necesidad de sujetarse a unas palabras que poseyesen unas terminaciones dadas. Aunque como los males de la Poesía parecen no tener enmienda, ahora que la libertad formal ha liberado a los poetas, ha llegado la hora de que éstos den en desbarrar en verso, introduciendo imágenes absolutamente peregrinas y generalmente incomprensibles y supliendo con ellas la carencia de ideas y, lo que es más grave, la falta de inspiración. Término con el que tradicionalmente venimos denominando al talento poético. Porque la inspiración acude siempre cuando existe talento. Y nunca o raramente cuando éste brilla por su ausencia.

Mi colección de sonetos tiene mucho de “declaración de guerra” contra la poesía contemporánea, tan pobre y ramplona como la época que la produce y en la que han quedado entronizados, como moradores insignes del Olimpo de la Poesía, nombres de poetas menores como puedan serlo García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Gabriel Celaya, Pablo Neruda o Rafael Alberti que, en otra época, jamás habrían logrado abandonar los grises predios del anonimato al que, injustamente (todo hay que decirlo), se ven abocados los poetas menos singulares y brillantes. Bien es cierto que todos esos nombres que acabo de mencionar jamás habrían llegado a alcanzar la celebridad de la que han gozado y gozan, de no haber sido por sus respectivas adscripciones políticas y por el hecho de que su condición de militantes de la Izquierda ha sido hábilmente instrumentalizada por ésta para reforzar y consagrar la idea peregrina y estúpida de que la Cultura y el talento artístico y literario son patrimonio y feudo exclusivo de quienes militan o han militado en las huestes de los partidos socialista o comunista. Nada más alejado de la realidad, como prueba el hecho de que el más insigne poeta español del siglo XX, Juan Ramón Jiménez, aunque voluntariamente exiliado de España tras el advenimiento de la dictadura del general Franco, se mantuvo siempre equidistante y rabiosamente independiente dentro de lo que hoy se conoce como el espectro político. Y es que -permítaseme decirlo de la manera más clara y rotunda posible-, la genialidad se aviene extraordinariamente MAL con las militancias y las adscripciones ideológicas y políticas, hasta el extremo de que no soy capaz de concebir un verdadero genio que no haya sido exacerbadamente independiente, tanto en sus ideas, como en la manera de plasmarlas, como en la orientación y concepción de su propia vida. Bien es cierto que hoy se otorga graciosamente a cualquiera la condición de genio, allí donde no existe otra cosa que talento. Con lo que nos han convertido en genios a personajes como Pablo Picasso u Orson Welles, por poner dos ejemplos, que ni por asomo rozaron la genialidad. Picasso fue un gran pintor, un pintor talentudo, pero nada más. En todos los órdenes de su vida, más allá de la Pintura, fue un individuo absolutamente vulgar y corriente, exacerbadamente egoísta y con unos valores humanos que brillaban sobre todo por su ausencia. Y lo mismo cabría decir de otros personajes a los que la pobreza de criterio ambiental ha convertido en genios, sin que tuvieran  el menor atisbo de tales. Verbigracia, el último Premio Nobel de Literatura español, Camilo José Cela. Un escritor de talento que, por lo demás, no pasó de ser un hombre común. Y ahí están su vida y su obra para demostrarlo.

La Poesía es hoy una auténtica caricatura de lo que fue. Por no decir que una burla. Exactamente igual que sucede con la Música o la Pintura etiquetadas como contemporáneas. Y, claro está, como la ausencia de talento o, lo que es lo mismo, la mediocridad constituye la tónica general y está a la orden del día, sucede que cuando un autor, por poseer el talento necesario para ello y no por emular a nadie, se aproxima a las formas clásicas, a las formas de toda la vida, se ve de inmediato anatematizado y excomulgado por el resto de sus colegas que, invariablemente, le tildarán de anacrónico y de hallarse fuertemente influido por los creadores de antaño.

Aparte de que mal puede hablarse de influencias -y vuelvo a referirme específicamente a mi poesía- cuando se dan en ella características muy diversas, algunas de las cuales pueden aproximarse en mayor o menor medida a las que se dan en otros poetas, en tanto que otras, la mayoría, son rabiosamente originales y no tienen precedentes en otros autores. Un poeta que remedase con acierto a otros autores pero que fuera incapaz de aportar nada nuevo a la Poesía, sería ciertamente un poeta menor, carente de personalidad propia y subordinado a sus maestros. Otra cosa muy distinta sucede cuando un autor se muestra capaz de moverse con la misma comodidad en todos los ámbitos y modalidades diferentes del lenguaje poético.

Que nadie trate de encontrar vanidad en mí. Porque, sencillamente, no conozco ese sentimiento. ¿Qué vanidad puede caberme cuando el hecho de ser de una manera determinada, no es mérito mío sino de los genes que he heredado de mis antecesores? La vanidad, en todo caso, debería ser de ellos. Porque fueron ellos, en realidad, quienes labraron los méritos de los que yo ahora -trabajo y sacrificio mediante, por supuesto- me beneficio. No siento vanidad, sólo una inmensa satisfacción porque yo habré sido un mero instrumento del destino para lograr que la Poesía digna de tal nombre vuelva a cultivarse en nuestra generación, proporcionando a hombres y a mujeres, sobremanera a estas últimas, momentos de sublimación y de deleite imposibles de obtener por otras vías. Porque la Poesía de verdad, no sólo embellece nuestra mente. También, y lo que es más importante, nos hace mucho mejores.

VII. Los 66 sonetos de Lope de Vega a Camila Lucinda

Decía que nuestro descubrimiento del fraude sonetístico de Neruda supuso también un espaldarazo para mí. Porque si todo un Premio Nobel había sido rotundamente incapaz de materializar su propósito de componer una centena de sonetos amorosos, mi colección cobraba así un valor que de otro modo no habría tenido. Salvo que cualquier otro poeta en lengua castellana hubiera logrado esa gesta en centurias anteriores. Cosa que no parece haber sucedido. Y es significativo a este respecto el hecho de que el Príncipe de los Ingenios, el ilustrísimo Lope de Vega, paradigma de fecundidad y de talento, no compusiera más allá de doscientos sonetos, amén de los incluidos en sus obras teatrales. Y de todos ellos, los sonetos de amor no pasan de ciento diez y siete. Con la particularidad de que sólo sesenta y seis de ellos están dedicados a una misma persona: a la que fuera su mujer, Micaela de Luján, presentada en sus poemas con el alcuño de Camila Lucinda.

De todo cuanto antecede se deduce que descartado el timo sonetístico de Neruda, mi competidor más directo en esta curiosa lid para determinar qué poeta ha cantado más -y mejor- a una mujer, parece haber sido Lope de Vega y, como se ve, a una cierta distancia: sesenta y seis contra un millar. Esto por lo que se refiere a la cantidad, ya que en lo que atañe a la calidad, eso es algo que cada lector podrá juzgar por sí mismo sin mayor dificultad y sin necesidad de poseer mayores rudimentos literarios, limitándose a leer las dos colecciones respectivas: sus sesenta y seis sonetos a Camila Lucinda y mi millar a Amparo.

No me resulta difícil deducir el escándalo que habré de provocar en quienes me leyeren, al tener la osadía de parangonarme nada menos que con Lope de Vega e, incluso, de insinuar la posibilidad de que los sonetos salidos de mi pluma puedan aventajar a los que, en un número infinitamente menor, surgieron de la suya. Quien quiera llegar a una conclusión rápida y clara a este respecto, no tiene sino que hacerse con el libro de Rimas en el que Lope incluyó sus dos centenares de sonetos y, entre ellos, los escritos a su amada Micaela Luján que, por descontado, salió inconmensurablemente mejor parada que la pobre Matilde Urrutia. Siempre he sentido una enorme admiración y cariño por la figura de Lope de Vega, por aquello de que su inusitada fecundidad me resulta bastante familiar y no veo yo por qué debo aceptar, por principio, el hecho de que la obra de éste o de cualquier otro vate pretérito tenga que ser necesariamente superior a la mía por el hecho de que ellos vivieran hace varios siglos y de que sus nombres hayan venido siendo objeto de veneración desde hace varias centurias. Por lo mismo que, a otra escala, no entiendo que deba tildárseme de inmodesto por el hecho de proclamar a voz en grito que me considero infinitamente mejor poeta que el bueno de Pablo Neruda, por mucho que su nombre se incluya entre los que integran el selectísimo club de los Nobel de Literatura. Porque la obra de un escritor no es necesariamente mejor que la de otro por el hecho de gozar de mayor celebridad o de haber vivido siglos ha, y porque la valoración de las obras de arte es algo mucho menos subjetivo de lo que se piensa y, en la mayoría de los casos, resulta enormemente obvia. Lo que es muy bueno suele resplandecer y, por ende, salta a la vista. Lo menos bueno acostumbra a tener una valoración mucho más discutible. Y en cuanto a lo malo o rematadamente malo, tampoco suele dejar lugar a dudas.

No dejo de reverenciar la figura de Lope de Vega por el hecho de comparar mi poesía a la suya, antes al contrario. Pero sería hipócrita y estúpido si, en el caso de que la considerase superior, lo callase por miedo a ser tachado de presuntuoso o de inmodesto. Siempre preferiré ser valorado como tal, que no comportarme como un hipócrita o un necio, ocultando a los demás algo que para mí resulta obvio y que no va a ser menos evidente para otras personas que lleven a cabo esa comparación con imparcialidad y sin prejuicios de ninguna índole. Y, por lo demás, al escribir cuanto acabo de escribir me estoy curando en salud y estoy saliendo al paso de las críticas que sin duda caerán algún día sobre mí, por haber escrito al modo de los clásicos y, muy en particular, de Lope de Vega. Como escribo más adelante, mal puede pesar influencia alguna sobre mí cuando por mor de todo el enorme volumen de trabajo que realizo, de la producción de mi vasta obra literaria y de investigación histórica y, en fin, de mi dedicación a mi amplísima descendencia, no he tenido tiempo para leer poesía desde hace varias décadas. Y aun entonces, por desgracia, la vorágine habitual de mi vida hacía imposible que pudiera cultivar mi pasión por la Literatura y, en particular, por la poesía de nuestros clásicos. Aparte de que si yo copiase a otros y me atuviese al modelo acuñado por ellos, sería indicio de mi falta de talento y de personalidad artística, así como de mi incapacidad para crear nada original y nuevo. Lo que no es en absoluto el caso, habida cuenta de las innovaciones que he introducido en mis sonetos y para las que nadie encontrará precedentes en otros poetas. Sobremanera… a) por lo que a la musicalidad y ritmo se refiere…; b) también, por la diversidad de rimas y por la búsqueda permanente y deliberada de rimas complejas y hasta endiabladas…; c) por la permanente experimentación en pos de formas y sonidos cada vez más armoniosos y melodiosos…; d) por la introducción de rimas internas que abundan y realzan las rimas propiamente dichas del final de cada verso…; e) por ser el primer y único poeta que, en la inmensa mayoría de los casos, ajusta las frases a las once sílabas de cada verso, sin recurrir a la muletilla fácil y cacofónica de continuar la frase de un verso en el siguiente, con el fin de hacer más sencilla la versificación… Todo ello, por supuesto, amén de las innovaciones que he introducido en la temática de mis sonetos.

Sería insensato pretender que pesa sobre mí la influencia de nuestros poetas clásicos y, por ende, que me limito a seguir su estela o a beber de sus ubres, cuando sin pretenderlo he demostrado mayor fecundidad que todos ellos, por lo menos por lo que a la composición de sonetos se refiere. No voy a decir que he escrito más sonetos que todos ellos juntos, pero si eso no es así, no debo andar muy lejos. Porque sumando los 1610 que llevo escritos hasta este momento, al millar largo de mis cinco obras teatrales, no estoy lejos ya de los tres millares de sonetos. Y escritos no a lo largo de toda una vida sino, simplemente, de cuatro años. Y todo ello contando con que sólo dedico a la Poesía la hora y media diaria que consagro a caminar y a la que se suma la media hora adicional en que, tras el paseo, me ducho y desayuno. Siempre con mi cuaderno al lado, incluso en la ducha. Es decir que si no hubiera tenido otra cosa que hacer que dedicarme a escribir sonetos durante todas las horas del día, imagínense ustedes los que llevaría escritos.

Pero mi objetivo jamás ha sido batir récord alguno, sino crear una obra lo más bella y acabada posible. Para lo cual, he dejado que el torrente de mi inspiración fluyera libremente durante el breve espacio de tiempo del que dispongo para consagrarme a estos menesteres líricos. Casi siempre a la amanecida y coincidiendo con mis tempranas caminatas antes de emprender mi jornada de trabajo. Todo lo cual aparece reflejado en los cuadernos escolares, en papel milimetrado, en donde han quedado recogidos los manuscritos de todos los sonetos. Cuadernos que me acompañan en todas mis caminatas y en cuyas hojas aparecen las huellas imborrables de la lluvia, del viento y hasta de los salpicones de la niebla o del agua de mar que han acompañado y adobado la confección de muchos de los sonetos.

También en lo que se refiere a mi culto a la mujer, clave para la comprensión de este libro, existen algunas afinidades flagrantes en este caso no entre la poesía de Lope y la mía, sino entre nuestras personas. Y aunque no es éste el momento de desvelar todo mi historial amoroso, probando con él hasta qué punto es grande el paralelismo entre la vida del Fénix de los Ingenios y la mía, sí creo necesario e importante ponerlo de relieve. Como también sería de justicia añadir que me he mostrado algo más consecuente que Lope en mi exuberante loa a la belleza femenina, perfectamente parangonable con la alta valoración que de la mujer como tal vengo haciendo desde que a los treinta y siete años escribiera mi libro La mujer al poder, primero escrito en España en defensa de éstas. Porque el concepto que Lope tiene de la mujer en general, parece ir un tanto a la zaga de la pasión con la que la canta poéticamente. Júzguese, si no:

                                          Es la mujer del hombre lo más bueno,

                                         y locura decir que lo más malo,

                                         su vida suele ser y su regalo,

                                         su muerte suele ser y su veneno.

 

                                          Cielo a los ojos cándido y sereno,

                                         que muchas veces al infierno igualo,

                                         por raro al mundo su valor señalo,

                                         por falso al hombre su rigor condeno.

 

                                         Ella nos da su sangre, ella nos cría,

                                        no ha hecho el cielo cosa más ingrata;

                                        es un ángel, y a veces una arpía.

 

                                         Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,

                                        y es la mujer, al fin, como sangría,

                                        que a veces da salud y a veces mata.

 

Salvo en el segundo cuarteto, la maestría de Lope de Vega resplandece en este soneto en el que, como buen amador que fue, se pone de manifiesto el profundo conocimiento que alcanzó de la idiosincrasia femenina. Y es que no concibo yo un gran poeta que no sea, a la vez, un extraordinario amante… o amador. Porque la Poesía exige pasión y fecundidad y son éstos, a la vez, los dos ingredientes fundamentales del amor. Del verdadero amor que, inútil es decirlo, es aquel que funde y entrelaza a un hombre y a una mujer. A una mujer y a un hombre. Porque sólo un amor de esta naturaleza puede resultar fecundo en todos los órdenes y el fin último y supremo del amor es, precisamente, la fecundidad. La generación de Vida y, también, la generación de Belleza a través del culto rendido por el hombre a la mujer. Y esa belleza puede ser poética, musical, pictórica o, simplemente, gestual, a través de todas las expresiones y manifestaciones de amor que todos los hombres del mundo dirigen a las mujeres en las que depositan su amor.

Admiro, pues, a Lope de Vega como poeta… y le considero igualmente insigne -y afín- como rendido enamorado de la belleza femenina que fue. Lo que, cosa inevitable, le llevó a sufrir ampliamente de todos los males y agravios que el amor conlleva. Como reconoce cuando, en Castigo sin venganza, escribe una de las estrofas más extraordinarias que se han compuesto en lengua castellana:

                                                     En fin, Señora, me veo,

                                                    sin mí, sin vos y sin Dios:

                                                    sin Dios por lo que os deseo,

                                                    sin mí porque estoy sin vos,

                                                    sin vos porque no os poseo.

Aunque sólo hubiera escrito estos cinco versos, Lope de Vega se habría hecho acreedor a mi más rendida admiración. Como poeta y como hombre. Como poeta, porque esos versos son sencillamente magistrales y, como hombre, porque a través de ellos deja claramente patente su profundísima devoción hacia la mujer. Una devoción que comparto y que considero uno de los mayores tesoros que cualquier hombre puede recibir en la cuna. Por dolorosa que casi siempre resulte, por mor de las abismales diferencias que existen entre las prioridades y afanes de hombres y de mujeres. No es que seamos distintos, es que nos mueven cosas radicalmente distintas. Y hablo de nuestra idiosincrasia más profunda y no de las poses que muchas personas adoptan para parecer maravillosas ante los demás, a pesar de tener muy poco o nada de tales. Vivimos en la era del fingimiento.

Sufrió Lope de los daños del amor, como hemos sufrido, y mucho, todos aquellos que hemos amado o amamos profundísimamente y por encima, incluso, de nosotros mismos. Porque por inmenso que sea nuestro amor, a la postre y por mor de esas diferencias a las que aludía, la mayoría acabamos viéndonos, como el Fénix de los Ingenios, sin mí, sin vos y sin Dios

                                           Que otras veces amé negar no puedo,

                                          pero entonces amor tomó conmigo

                                          la espada negra, como diestro amigo,

                                          señalando los golpes en el miedo.

 

                                           Mas esta vez que batallando quedo,

                                          blanca la espada y cierto el enemigo,

                                          no os espantéis que llore su castigo,

                                          pues el pasado amor amando excedo.

 

Es éste uno de los sonetos dedicados a Micaela Luján, en los que no brilla, en absoluto, lo más excelso de la poesía de Lope de Vega. De donde se deduce que no gozó el poeta del privilegio de contar con la inapreciable e indispensable colaboración de una Musa como la que ha bendecido mi poesía. Y es éste un hecho absolutamente obvio que cualquiera podrá apreciar sin dificultad alguna, leyendo cuanto Lope escribió de o sobre Micaela en sus 66 sonetos y cuanto yo he compuesto sobre Amparo en ese cerca de un millar que ya ando próximo a haberle escrito.

También yo sé lo que supone elegir una Musa que no reúne las condiciones necesarias para ejercer de tal. Por falta de formación cultural o, peor aún, por deficiencias de su sensibilidad. Carencias que, inevitablemente, acaban trasluciéndose en la poesía que a mujeres de estas características se dedica. Porque se convierten en un verdadero lastre para el poeta, cuyo vuelo acaba siendo rasante por mor de la influencia negativa que sobre él ejercen. Precisamente porque yo he padecido alguna Musa que me ha impedido levantar el vuelo con su pragmatismo, su pesimismo, su desconfianza y hasta su simpleza, puedo entender sin dificultad las propias carencias que muestra la poesía amorosa de Lope de Vega y, muy especialmente, su colección de sonetos de amor que, con la mayor objetividad, considero sensiblemente inferiores a los surgidos de mi pluma. Y no, obviamente, por ventaja de mi ingenio sobre el de Lope, sino por el hecho de haber tenido la enorme fortuna de descubrir a una mujer que diríase ha sido moldeada y modelada para gustar la Poesía. Léase para deleitarse con ella, para apreciarla por encima de cualquier otra cosa y, por descontado, para vivir de una forma acorde con esa delicadísima sensibilidad para paladear la Belleza. Y de ahí el que, como escribí en la dedicatoria de mi primer libro de sonetos, éste no habría sido posible de no haber aparecido en mi camino una mujer como su destinataria. Porque es manifiesto que una mujer puede ser tan capaz de elevar a un hombre…, como de hundirlo. O, simplemente, de mantenerlo a ras de suelo, impidiendo que llegue a alzarse por encima de su propia testa. Que esto es lo que acostumbra a suceder de forma más común. Tampoco son escasas las mujeres que abocan a los hombres a una existencia subterránea. Y en cualquier caso, desde luego, son rarísimas aquellas que, con su dulzura, su sensibilidad y su cariño, los aúpan bastante o muy por encima de sí mismos. Es más que evidente que ninguna de estas últimas se cruzó jamás en la vida amorosa de Félix Lope de Vega y Carpio. Para desgracia suya, demérito de su poesía y detrimento de la Poesía.

La parcela más privilegiada del genio de Lope de Vega, es aquella que el poeta dedica a describir sus estados anímicos o bien a hacer remembranza de los avatares de su vida. En esta vertiente más introvertida de su poesía -a la que yo he dedicado menor atención con el propósito de no restar protagonismo a mi Musa- se incluyen los sonetos que personalmente más valoro de este poeta y entre los que se incluyen dos que voy a reproducir a continuación:

                                                          Soneto LXX

                                         Quiero escribir, y el llanto no me deja;

                                        pruebo a llorar, y no descanso tanto;

                                        vuelvo a tomar la pluma, y vuelve el llanto:

                                        todo me impide el bien, todo me aqueja.

 

                                         Si el llanto dura, el alma se me queja;

                                        si el escribir, mis ojos; y si en tanto

                                        por muerte, o por consuelo, me levanto,

                                        de entrambos la esperanza se me aleja.

 

                                         Ve blanco, al fin, papel, y a quien penetra

                                        el centro deste pecho que me enciende

                                        le di (si en tanto bien pudieres verte)

 

                                         que haga de mis lágrimas la letra,

                                        pues ya que no lo siente, bien entiende:

                                        que cuanto escribo y lloro todo es muerte.

 

Los dos cuartetos iniciales son sencillamente magistrales. No sucede lo mismo con los tercetos que les siguen, sobremanera con el primero de ellos que es francamente malo. Tampoco el segundo brilla a demasiada altura, aunque se enmienda en el último verso. Y todo porque, obviamente, Lope comenzó este soneto con ese último verso. Dicho de otro modo, lo elaboró después de haber concebido ese hermosísimo que cuanto escribo y lloro todo es muerte.

Otro soneto insigne de Lope, éste mucho más conocido, es el celebérrimo…

                                          Cuando me paro a contemplar mi estado,

                                         y a ver los pasos por donde he venido,

                                         me espanto de que un hombre tan perdido

                                         a conocer su error haya llegado.

 

                                          Cuando miro los años que he pasado,

                                         la divina razón puesta en olvido,

                                         conozco que piedad del cielo ha sido

                                         no haberme en tanto mal precipitado.

 

                                          Entré por laberinto tan extraño,

                                         fiando al débil hilo de la vida

                                         el tarde conocido desengaño;

 

                                          mas de tu luz mi escuridad vencida,

                                         el monstro muerto de mi ciego engaño,

                                         vuelve a la patria, la razón perdida.

 

También en esta ocasión, Lope construye dos primeros cuartetos brillantísimos, para ir a naufragar más tarde en los dos tercetos finales, hueros de ingenio y de belleza poética. Con la particularidad de que el primer verso del poema lo tomó prestado Lope de otro de Garcilaso de la Vega que tiene exactamente el mismo arranque y que conoció numerosas imitaciones. Y ahora se comprenderá por qué ha sido tal mi celo al no beber en la obra de otros poetas, hasta no haber concluido la redacción de estas páginas. Porque las influencias son casi inevitables y porque, aunque algunos opinen lo contrario, éstas resultan mucho más empobrecedoras que enriquecedoras. En la medida en que acaban haciendo discurrir a todos los poetas por unos mismos cauces, impidiendo que abran tramos verdaderamente singulares. Porque resulta mucho más sencillo emular los hallazgos ajenos que generar los propios. Cosa que sólo consiguen los grandes poetas, cuya estela se limitan a seguir los demás con manifiesta mansedumbre. Y es que el don de la innovación, en Poesía como en cualquier otro ámbito de la vida, es uno de los que la lotería de los genes ofrece de manera más cicatera a los seres humanos. Si se estudiase este fenómeno en profundidad, se observaría que casi siempre han sobrado dedos de una mano para contar los verdaderos innovadores que ha producido cada centuria. Los imitadores, por el contrario, se cuentan por millones, aunque algunos de ellos se hayan colado en el selectísimo club de la genialidad, merced a su habilidad para atribuirse y hasta apropiarse los méritos de otros creadores menos conocidos que ellos. Se trata de un fenómeno bien conocido, aunque poco estudiado, y que ha consagrado como genios a personajes dotados, todo lo más, de simple talento.

Una de las características de la obra sonetística de Lope de Vega podría ser el desequilibrio que existe entre los dos batientes que a modo de puertas conforman un soneto; sus dos cuartetos y sus dos tercetos. Por lo común, éstos acostumbran a ser inferiores a aquéllos, salvo en aquellos casos como el reseñado en que buena parte del soneto ha sido elaborado no para ir a desembocar en su último verso sino a partir de éste. Algo que no parece haber sido entrevisto por la crítica literaria. De ahí el que Miguel García-Posada escriba de los sonetos de Lope de Vega:

Es Lope un sonetista portentoso, que sentía especial predilección por esta estrofa. Sabe condensar, ajustar la expresión, y es un maestro en el arte de cerrar el poema. Construidos los sonetos en estructura ascendente, sus cierres constituyen el clímax de la composición, el momento culminante.

Porque en muchos casos, el verso que cierra el poema es, en rigor, el que lo abre. Es decir, el primero que vino a la mente del poeta.

La antítesis de estos dos ejemplos que acabo de recordar entre los sonetos de Lope, la señalaría uno de sus sonetos religiosos. Aquel -el número XV- en el que tras dos cuartetos discretos, el poeta nos deslumbra con dos tercetos prodigiosos…

                                       ¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,

                                      y cuántas con vergüenza he respondido,

                                     desnudo como Adán, aunque vestido

                                     de las hojas del árbol del pecado!

 

                                      Seguí mil veces vuestro pie sagrado,

                                     fácil de asir, en una cruz asido,

                                     y atrás volví otras tantas, atrevido,

                                     al mismo precio en que me habéis comprado.

 

                                      Besos de paz os di para ofenderos,

                                     pero si fugitivo de su dueño

                                     hierran cuando los hallan los esclavos,

 

                                      hoy que vuelvo con lágrimas a veros,

                                     clavadme vos a vos en vuestro leño,

                                     y tendréisme seguro con tres clavos.

 

Sencillamente soberbio. Una prueba más, por otra parte, de que lo mejor de la vena poética de Lope mana de su espiritualidad y no de su tenor amoroso, harto menos inspirado. Lo contrario de lo que parece suceder en otro sonetista ilustrísimo y, a juzgar por lo que él confiesa, extraordinario amador: el barcelonés Juan Boscán. De la obra de este poeta catalán que con tanta maestría se expresó en la lengua castellana, destacaré el soneto XCVI, que tiene uno de esos finales que yo denomino de traca

                                     No alcanço yo por dónde o como pueda

                                    amar un coraçón desesperado,

                                    si no es porque fue tanto lo que ha amado

                                    que ama por la costumbre que le queda.

 

                                     Fortuna en mí bolvió tanto su rueda

                                    que casi a este punto m´ ha llegado,

                                    que con la fuerça del amor pasado

                                    el mi presente Amor agora rueda.

 

                                     Soy tan grande amador que Amor sostengo

                                    con el amor de mi verdad pasada,

                                    y esto solo me queda en cuanto tengo.

 

                                     Con esto solo bivo y me entretengo,

                                    y bivo, según esto, de nonada,

                                    pues que de lo pasado me mantengo.

 

Impresionante. Extraordinario. Muy especialmente en los dos tercetos finales, que considero sencillamente antológicos. Sobre todo, por su sencillez.

VI. Los Cien sonetos de amor de Neruda

El caso es que ya vislumbraba la culminación de mi primera centena sonetística, orgullosísimo, como es de ley, por haber llegado a componer el mayor número de sonetos dedicados a una sola mujer -dentro de la Poesía en lengua castellana-, cuando vinimos a saber que el ínclito Pablo Neruda había tenido exactamente la misma idea que yo, sólo que casi medio siglo antes de que a mí se me ocurriera honrar y distinguir a mi amada con ese mismo número de sonetos. Alarma en mi Musa y desazón en mí al conocer tan dolorosa noticia, aunque nuestro desencanto no habría de prolongarse demasiado. Porque cuando tuvimos ante nuestros ojos los Cien sonetos de amor a Matilde Urrutia escritos por Neruda, nuestra reacción de alivio fue pareja a la perplejidad y a la indignación (en este último caso hablo en primera persona) por la auténtica befa que para el Soneto supone la obrita de marras. Por denominarla de alguna manera. Porque lo escrito por Neruda ni son sonetos ni nada que se le parezca y porque resulta vergonzante que desde una posición de privilegio como la que este poeta ocupara en el ámbito de las Letras (por obra y gracia de su credo político, entonces muy en boga entre la intelectualidad…), tratase de confundir y hasta de timar a sus lectores, vendiéndoles como sonetos y como poesía lo que poco tiene de ésta y nada de aquéllos.

Nada tengo que objetar al hecho de que Pablo Neruda eligiese lo que unos denominan verso libre o libérrimo y otros llamamos, simplemente, prosa poética, a la hora de afrontar la redacción de la obra que deseaba dedicar a su amada Matilde Urrutia. Cada cual es perfectamente dueño de escribir como se le antoja y utilizando el lenguaje que mejor cuadra a su personalidad o a su intención. Neruda tenía todo el derecho del mundo a escribir lo que escribió y de la forma como lo escribió. Y tampoco seré yo quien cuestione el valor poético de determinados retazos de la obrita en cuestión. Lo que no es admisible es vender un producto determinado con una etiqueta cambiada. Vamos, que viene a ser lo mismo que si un joyero expone en su escaparate una joya marcada con la etiquetita de oro de ley, cuando la realidad es que se trata de un metal corriente y moliente al que se ha dado el habitual y consabido baño dorado. El comprador de esa joya tendría todo el derecho del mundo a protestar por tamaño fraude, denunciando al joyero que lo hubiera perpetrado. Pues con la Poesía sucede lo propio. El soneto es el más precioso metal, el oro de ley por excelencia de las estrofas poéticas, y no es ni legítimo ni admisible que un poeta venda como sonetos lo que no son otra cosa que versos libérrimos o, denominado con mucha mayor propiedad, prosa más o menos poética.

A Neruda, porque es Neruda, se le ha tolerado llevar a cabo tamaño engaño y como a mí el nombre de este poeta me deja tan frío y tan indiferente como podría dejarme el de cualquier desconocido cultivador de la Poesía, arremeto contra él sin contemplaciones de ningún tipo y le tildo de estafador. Porque nos vende como oro de ley lo que no deja de ser un cromadito mono, semejante a aquellos que tanto fascinan a las señoras como decoración de sus cuartos de baño y de sus cocinas. Y en nada atenúa su fraude el hecho de que en el prólogo de sus Cien sonetos de amor se refiera a ellos como éstos mal llamados sonetos. Porque si él, como es lógico, no los tenía por tales, no tenía ningún derecho a usurpar el ilustrísimo nombre de esta estrofa poética en el título de su libro. Con la finalidad obvia de conferirle mayor categoría y de impresionar a sus lectores. Porque quién más quién menos sabe perfectamente de la dificultad de escribir un soneto y esa centena que él anuncia con su título, constituía un reclamo en toda regla, amén de un espaldarazo para su autor. Por lo menos ante aquellos que jamás llegaran a leerlo. O incluso ante quienes habiéndolo leído, se quedaban fascinados por el hecho de que todo aquello hubiera surgido de la pluma del camarada Neruda. Que así funciona el mundo, como todos sabemos. Las mayores patochadas concebibles se leen con fruición y reverencia si han salido de la pluma de algún santón de las Letras. Y si no, que se lo digan a los cándidos y pacientes lectores del diario ABC que, por espacio de varios años siguieron asiduamente la página escrita por el señor Camilo José Cela. Página infumable donde las haya, a la que el hecho de haber sido pergeñada por un Premio Nobel, otorgaba una categoría especial. Con independencia, como digo, de que la página en cuestión fuera un ladrillo de mucho cuidado, un tostón insoportable. Pero, como acabo de decir, así funciona el mundo. Así, de forma tan estúpida, funciona el mundo.

Con el fin de que mis lectores puedan juzgar si exagero o no exagero al tildar de timo la obra dedicada a Matilde Urrutia por Pablo Neruda, reproduzco a continuación tres de los supuestos sonetos que la integran. Por ellos podrá verificarse que estas composiciones nerudinas tienen tanto de sonetos como yo de sacristán…

                                                                      I

                                          Matilde, nombre de planta o piedra o vino,

                                         de lo que nace de la tierra y dura,

                                         palabra en cuyo crecimiento amanece,

                                         en cuyo estío estalla la luz de los limones.

 

                                          En ese nombre corren navíos de madera

                                         rodeados por enjambres de fuego azul marino,

                                         y esas letras son el agua de un río

                                         que desemboca en mi corazón calcinado.

 

                                          Oh nombre descubierto bajo una enredadera

                                         como la puerta de un túnel desconocido

                                         que comunica con la fragancia del mundo!

 

                                          Oh invádeme con tu boca abrasadora,

                                         indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos,

                                         pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

 

                                                                        IX

                                          Al golpe de la ola contra la piedra indócil

                                         la claridad estalla y establece su rosa

                                         y el círculo del mar se reduce a un racimo,

                                         a una sola gota de sal azul que cae.

 

                                          Oh radiante magnolia desatada en la espuma,

                                         magnética viajera cuya muerte florece

                                         y eternamente vuelve a ser ya no ser nada:

                                         sal rota, deslumbrante movimiento marino.

 

                                           Juntos tú y yo, amor mío, sellamos el silencio,

                                         mientras destruye el mar sus constantes estatuas

                                         y derrumba sus torres de arrebato y blancura,

 

                                          porque en la trama de estos tejidos invisibles

                                         del agua desbocada, de la incesante arena,

                                         sostenemos la única y acosada ternura.

 

 

                                                                        XIII

                                          La luz que de tus pies sube a tu cabellera,

                                         la turgencia que envuelve tu forma delicada,

                                         no es de nácar marino, nunca de plata fría:

                                         eres de pan, de pan amado por el fuego.

 

                                          La harina levantó su granero contigo

                                         y creció incrementada por la edad venturosa,

                                         cuando los cereales duplicaron tu pecho

                                         mi amor era el carbón trabajando en la tierra.

 

                                          Oh, pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca,

                                         pan que devoro y nace con luz cada mañana,

                                         bienamada, bandera de las panaderías,

 

                                          una lección de sangre te dio el fuego,

                                         de la harina aprendiste a ser sagrada,

                                         y del pan el idioma y el aroma.

 

Vergüenza ajena, pues, me hizo sentir la lectura de esta caricatura de sonetos dedicada por Pablo Neruda a la pobre Matilde Urrutia… Me imagino la cara que debió poner la infeliz (seguro que correligionaria suya) al verse homenajeada e inmortalizada en ese auténtico monumento a la falta de inspiración y de talento que constituye esa centena de reflexiones y de imágenes reunidas bajo el envoltorio nominal -que no formal- de sonetos. Con el agravante de que el poeta reconoce en la dedicatoria de su libro…

Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron…

Pero, ¡hombre de Dios!, si lo que escribiste no eran sonetos, ¿entonces por qué los denominaste de esta guisa? ¿Quién te obligaba a hacerlo? ¿Acaso tu editor? ¿O simplemente el hecho de superar a todos los poetas precedentes en el número de sonetos que dedicaron a sus musas respectivas? Pues si harto te dolieron y costaron esos mal llamados sonetos, imáginate lo doloroso que te habría resultado el parto si lo que hubieras escrito hubieran sido cien sonetos de verdad. Ocioso es decir que jamás habrías alcanzado esa centena de la que tanto blasonas y que te habrías dado con un canto en los dientes si hubieras alcanzado la decena.

No debo ocultar que el comprobar lo que Neruda había dado de sí en su canto a la Urrutia, supuso una satisfacción notable para mí…, a la vez que un espaldarazo. Satisfacción porque ese indeseado precedente a mi colección de un centenar de sonetos dedicados a una misma mujer, se había volatilizado. Porque eran cien, sí, pero no eran sonetos. Y la dificultad de dedicar cien poemas a una misma mujer, radica justamente en el hecho de que sean sonetos. Porque yo mismo he escrito bastante más de una centena de poemas por lo menos a cuatro mujeres a las que he amado en mi vida…, pero no eran sonetos y su dificultad era, por tanto, incomparablemente inferior.

V. Sonetos de ámbar…, sonetos de amparo

Así nació en mí el proyecto de escribir esta colección de sonetos, a modo de homenaje a todas las mujeres y muy especialmente a aquella a la que, al poco de conocerla en el verano del año 2000, dirigí una primera carta redactada en estos premonitorios términos…

Desde que nos vimos por última vez y me entregaste aquella nota en papel cuadriculado con tus dos direcciones y teléfono, ese papelito junto con otro escrito por una de mis hijas también en una hoja de blok, suelen estar sobre el teclado de este ordenador en las horas que no lo utilizo. Con la finalidad evidente de impedir que caigan en el olvido.

 

He esperado a concluir el libro que estaba escribiendo cuando nos conocimos en el mes de Agosto, para hacer uso al fin de este billete (así se llamaba antes a estas notas) que me dejaste con el propósito de que, si lo deseaba, pudiera viajar hasta ti epistolarmente. Y efectivamente lo deseo, aunque con todas las cautelas y precauciones del mundo en razón por una parte a la extraordinaria calidad de mi destinataria y, por otra, a sus circunstancias. Porque si aquélla me alentaría a prodigarme en toda suerte de manifestaciones de admiración y de afecto, éstas me recuerdan lo inconveniente y problemático de tales arrebatos de sinceridad y de espontaneidad.

 

Me impresionaste por la forma como paseabas junto al mar y ya no dejaste de impresionarme desde entonces: por tu sensatez, tu moderación, tu elegancia, tu discreción, tu pureza… Y esa admiración creció todavía más cuando me hablaste de tu infancia y de tu juventud, no dejando de descubrirme incluso algunos de sus capítulos más sensibles e íntimos.

 

Ahora no, ya que vivo casi casi retirado de todo y de todos, con la sola salvedad de mis hijos y de mis lectores, pero durante el resto de mi vida he tratado con muchas mujeres, las suficientes como para haber podido distinguir y apreciar de inmediato los valores, verdaderamente insólitos, que se dan en ti y que convierten en una delicia la relación contigo. Imagino que tú eres más consciente que nadie de lo alejada que estás de la forma de ser de la mayoría de las mujeres. Hay que reconocerles a tus padres que el tipo de educación que te dieron te ha rodeado de un halo de…, creo que la palabra que mejor define lo que yo he apreciado es la pureza. La sensación que yo he tenido de ti es la de que eres una mujer incontaminada por la vida. Es decir que aunque la vida te haya zarandeado como a todos, conservas íntegra toda la belleza interior que fue modelándose en tu espíritu a lo largo de todos aquellos años de recluimiento (prefiero este término al de reclusión, que tiene connotaciones distintas). Es esa belleza de tu alma la que te distingue del común de los mortales y la que me ha impresionado al conocerte, poniéndome en guardia ante la segura posibilidad de quedar absolutamente prendado de ese sublime paisaje interior tuyo que tan nada en común tiene con el los demás seres humanos, sea cual sea su sexo. Lo propio es, pues, que mi prendamiento (y subsiguiente prendimiento…), se produzca con todas las distancias que hacen al caso. Distancias que en cualquier caso no han de impedirme manifestarte pensamientos y sentimientos semejantes a los que acabo de exponerte, en futuras cartas que en la medida de mis nulas disponibilidades de tiempo prometo escribirte.

 

Permíteme, pues, que ejerza ante ti como aquellos caballeros medievales que rendían homenaje a la mujer, postrando su vida ante ella aunque negándose, a la vez, la posibilidad incluso de llegar a verla. Cosa sencilla en este caso dados los kilómetros que separan Madrid de Santander.

 

Recibe todo mi cariño, envuelto en una suave bocanada de brisa de tu mar…

 

Santander, Octubre 20, 2000

 

A esta carta y a una decena escasa de paseos matutinos a la vera del mar en el mes de Agosto del año 2001, previos a mi jornada de trabajo, seguiría la composición del primer poema con el que quise rendir tributo de admiración a la que entonces era sólo una excelente amiga y asidua lectora de mi página dominical en el diario Alerta de Santander. Diario que recibía semanalmente en su domicilio de Madrid. Y si saco a colación aquel breve poema es porque, aun no tratándose de un soneto, se hallaba en potencia en él la idea esencial de lo que acabaría siendo un Poemario: componer una colección de poemas de amor, dedicados a una mujer cuyo nombre, Amparo, resulta ser la denominación antigua del amor. Y como forma previa a ambas, el nombre del ámbar con el que nuestros antepasados modelaban las figuritas en las que ora representaban a la Diosa Madre, a la Diosa del Amor, ora reproducían los animales que a ella estaban consagrados. Por eso el ámbar ostenta el ilustrísimo nombre que ostenta y que permite que, merced a esta resina, podamos conocer el antiguo nombre del amor del que ámbar es su forma fosilizada.

El ámbar fue, con ventaja incluso sobre el oro, la materia más apreciada y valorada por nuestros ancestros prehistóricos. Por eso, y por la razón que acabo de citar, intitulé Cien sonetos de ámbar a mi primer libro de sonetos, a la vez que primero de Los estadios del alma. Porque si nuestros antepasados hubieran querido expresar metafóricamente la altísima valoración que algo les merecía, no habrían dicho de ello que era áureo sino… ambarino. Era, pues, absolutamente oportuno y coherente, titular Cien sonetos de ámbar un libro dedicado a una mujer llamada Amparo. O, lo que es lo mismo, de ámbar. Que esto es lo que quise reflejar en el poemita al que hacía referencia hace un instante y que por haber desempeñado un papel importante en el proceso de gestación de este libro, reproduzco a continuación…

 

Exquisita y delicada como él,

y ajena también

a los estragos del tiempo,

así eres tú, Amparo,

como el ámbar

con el que compartes…

el nombre…, la finura…,

la cuna… y la hermosura.

 

Ya la reacción de entusiasmo de su destinataria, tras leer esta instantánea poética mientras paseábamos juntos por El Sardinero, supuso una verdadera sorpresa para mí. Porque una cosa es que todas las mujeres, sin excepción, se sientan extraordinariamente halagadas cuando se les dedica un poema… y otra muy distinta que posean la sensibilidad y la cultura necesarias para poder valorarlo en su justa medida. Por eso, qué duda cabe que el alto aprecio hecho por mi buena amiga de los versos con que quise distinguirla, contribuyó poderosamente tanto a reafirmar el alto concepto que tenía de ella como a predisponerme favorablemente para la confección ulterior de otros poemas a ella consagrados.

Como habrá observado el lector, en el poemita que acabo de reproducir afirmo que Amparo comparte con el ámbar una misma cuna. Algo que puede sonar a herejía a quienes creen saber algo de la historia remota de la Humanidad, por ser un lugar común en la historiografía el situar la cuna del ámbar en los países nórdicos, a orillas del Mar Báltico. Uno más de los infinitos dislates acuñados por los antiguos historiadores y repetidos, sin pestañear, por todos sus colegas de la posteridad, cuando lo cierto es que la tierra del ámbar se hallaba en la desembocadura del río Erydanos o Erudinos, a la sazón uno de los primitivos nombres -documentado en un ara descubierto a sus orillas- del río al que hoy conocemos con el nombre de Besaya. Río en cuyos tramos finales está documentada la antigua y generosa presencia del codiciadísimo ámbar

Ámbar y amparo son las formas primitivas de la palabra amor, hija -como tantos otros cientos de términos- de uno de los más ilustres, antiguos y bellos epítetos de la Diosa Albarnia = Albaria = Albania = Ambaria, reconocida y venerada como Madre de la Humanidad y a la que deben su nombre millares de lugares de todo el planeta, empezando por el más antiguo de todos ellos: la Península de Albarnia o Albaria, conocida a la postre con el nombre de Iberia.

Sonetos de ámbar o de amparo equivale, pues, a Sonetos de amor. Y, mucho más atrás en su evolución semántica, a Sonetos al alba, en el sentido originario de este término como albor o florecer de la luz y de la vida. También podría traducirse como Sonetos de mar, por cuanto el mar, que es donde tuvo nacimiento la vida, se integra en el mismo linaje que los precedentes.

Por lo demás, he modelado en ámbar –materia vieja donde las haya- los sonetos que integran esta colección, con el fin de que resulten más cercanos al espíritu de los sonetos de antaño. Léase a los verdaderos sonetos, en la línea de aquel genial “No me mueve mi Dios para quererte…” que a tantas generaciones de castellanohablantes ha impresionado y conmovido desde que fuera compuesto hace varios siglos vaya usted a saber por quién. Sin la menor duda, por uno de los autores más geniales de la Historia de la Poesía, en cualquiera de las lenguas.

Y ésta es, pues, muy sucintamente contada, la historia de la génesis de este Poemario singular para el que las líneas precedentes suponen una introducción conveniente, por no decir que indispensable. Aunque no puedo ni debo rubricar este preámbulo sin referirme a lo que aconteció cuando, ya casi concluido este libro, supe de la existencia de un libro similar publicado en Buenos Aires por Pablo Neruda en el año 1959 y escrito, me imagino, en ese mismo año o en los precedentes…

IV. La protagonista de la historia…

Todo comenzó con un soneto, compuesto dentro de una colección de poemas que, a partir de los primeros días del mes de Octubre del año 2001, decidí escribir como homenaje de amor a aquella que anhelaba llegase a ser mi mujer: la santanderina -mezcla de gallega, castellana y cántabra- María Amparo M. Abella. Y aquel soneto, para sorpresa y satisfacción de su autor -que muchos centenares de poemas y algunos sonetos también había escrito con anterioridad- fue acogido por su destinataria con tal explosión de entusiasmo y complacencia, que el tan bien gratificado escritor decidió reincidir en el empeño y dedicarle a su amada algunos sonetos más. Todo esto sucedía en Santander un día 8 de Noviembre y cinco días más tarde, en la madrugada del día 13 y entre las 6 y las 9 de la mañana, fui víctima de una suerte de ataque de sonetismo agudo que se saldó con la composición de tres sonetos más, a los que seguiría un cuarto en la noche de esa misma jornada. Y así empezaron a caer sonetos en los días que siguieron, compuestos todos ellos en las horas iniciales del día con el fin de que no estorbaran la redacción del libro que entonces estaba concluyendo –La Memoria recobrada- y del que acometí inmediatamente después de haber ultimado éste. Hasta que un buen día y ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, decidí imponerme el reto de escribir un centenar de sonetos dedicados a aquella que ya por entonces se había convertido en mi mujer, a pesar de que la distancia que media entre Madrid y Santander seguía interponiéndose entre nosotros.

Al igual que los hombres de antaño rastreaban las flores más hermosas y escasas para ofrecérselas a las mujeres que amaban y cuyos favores pretendían… o que los hombres de hogaño procuran deslumbrar a sus enamoradas con costosísimas joyas, viajes disfrutados con lujo oriental o presentes caracterizados siempre por su elevado precio, el mejor obsequio que un poeta puede brindar a la mujer de sus sueños es un libro de poemas. En la medida, naturalmente, en que esa mujer sea capaz de valorar esa ofrenda preciosa. Tanto más valiosa, por supuesto, cuanto mayor sea la calidad, singularidad y cantidad de los poemas que esa colección reúna. Porque todos aquellos presentes que un hombre pueda ofrecer y que pueden obtenerse con dinero, tienen un valor más que relativo, en tanto en cuanto esos dones se hallan al alcance de cualquiera que posea los medios necesarios para adquirirlos. Sin embargo, la singularidad y hasta la excepcionalidad de un libro de poemas lo convierte en el obsequio por antonomasia. Porque es personal e intransferible, porque ha sido creado ex-profeso para la mujer a la que va dirigido y porque, encima, ella es su protagonista absoluta. Hasta el punto de que sin su colaboración, sin el caudal de inspiración y de materia poética que ella aporta al poeta por el mero hecho de existir y de amarle (o, por lo menos, de tolerar su amor), la obra concebida por éste resultaría del todo punto inviable.

De cuanto antecede se deduce hasta qué punto es enorme la deuda que tengo contraída con la mujer que supo abrir en mí la válvula de mi pasión, precintada hasta entonces. Porque sin su sensibilidad para recibir y valorar mi obra y sin la admiración que en mí produjeron su belleza interior y exterior, esta obra jamás habría llegado a componerse. Y buena prueba de ello el hecho de que se cuenten por centenares los poemas que he escrito a lo largo de mi vida, siendo todos ellos de una talla, de una estatura incomparablemente inferior a la de los que aquí aparecen reunidos. No debe, pues, valorarse como mera fórmula de cortesía o de galantería mi afirmación de que este libro no habría llegado jamás a ver la luz, si la mujer que lo ha inspirado no hubiera existido… o no hubiera hecho acto de presencia en mi vida, paseando junto al mar a la hora del crepúsculo, en el verano del año 2000. Porque en pocas ocasiones será más cierto aquello de que los poemas los escriben, a partes iguales, los poetas y las mujeres a las que aman. De donde el que la categoría de un poema esté en función, siempre, no sólo del talento de quien lo compone sino, en no menor medida, de la propia categoría de la mujer que lo inspira. En este caso, de una mujer llamada María Amparo que, jugando con los distintos estadios morfológicos en la evolución de sus dos nombres, me llevó a titular de esta guisa los seis primeros libros de mi colección:

cien sonetos de ámbar… / cien sonetos al alba… / cien sonetos de amparo…  /  cien sonetos del alma…  /  cien sonetos de amor… /  cien sonetos de mar

Mis lectores juzgarán objetivamente por cuanto sigue, no tanto mi estatura cuanto la de la mujer a la que, sospecho que por espacio de mucho tiempo, he entronizado como Soberana de la Poesía.

III. Poetas y Sonetistas

Sin ánimo de jactarme de nada y con el propósito legítimo de ilustrar a mis lectores sobre las características y singularidad de la obra poética que emprendí hace exactamente cuatro años, en el Otoño del año 2001, voy a enumerar algunas de las razones que les confieren un valor especial a los sonetos que vengo componiendo asiduamente y que ojalá consigan transmitir a quienes se acerquen a ellos, por lo menos una mínima parte del caudal de sentimiento que yo pongo en ellos al escribirlos.

Las cosas sólo pueden valorarse cuando se conoce el contexto en el que se producen y si no soy yo mismo quien aporta los datos que me dispongo a reproducir, mis lectores carecerían de elementos de juicio para calibrar la importancia que tiene el hecho de que en el lapso de mis primeros seis meses de creación sonetística, salieran de mi pluma 600 sonetos. Y ello, por supuesto, sin que yo haya consagrado nunca mi jornada de trabajo a este menester, ya que la mayoría de esas composiciones se han labrado durante mis caminatas diarias entre 7,45 y 9,15 de la mañana… O mientras desayuno, como o ceno… O antes de entregarme al sueño, cuando termino mi trabajo de investigación y de redacción de mis libros y artículos, alrededor de la media noche… Hasta el punto de que puedo dar fe de que a lo largo de mi primer año de frenética creación poética –Noviembre 2001 > Noviembre 2002-, no me permití ver ni un solo segundo de televisión, viviendo literalmente pegado a los cuadernillos de marca Guerrero (muy coherente) de los que la musa que me ampara tuvo a bien surtirme copiosamente.

Efectivamente, mi trabajo de investigación histórica y filológica me acapara todas las horas del día y algunas de la noche, quedando reducido a los momentos señalados el tiempo de que dispongo para permitirme el lujo de escribir poesía. Lujo, digo bien, porque -y lo escribiré en negritas- siempre he tenido por algo inmoral que un intelectual dedique su vida exclusivamente a la Poesía, en vez de consagrar su talento a beneficiar a la sociedad en otros ámbitos mucho más necesarios, como es el caso, sobre todo, de la difusión de la Cultura y del Conocimiento. Por eso confieso sentir escaso respeto por aquellos que sólo han sido poetas y que nada le han legado a la sociedad aparte de un puñado de libros de poemas. Cierto que al menos le han dado esto y que otros nada le ofrecen, pero quienes nada dan es porque la Naturaleza no les ha distinguido con la capacidad necesaria para hacerlo y quienes pudiendo hacer y dar mucho, sólo le obsequian con un puñado de poemas, tengo para mí que o han sido tremendamente mezquinos…, o terriblemente vagos. En la inmensa mayoría de los casos, me inclino a pensar que lo segundo. Porque es muy agradable eso de hacerse un nombre como poeta y vivir toda la vida sin pegar golpe, haciendo creer a los demás que eso de la Poesía es algo extraordinariamente laborioso. Ya ven ustedes lo laborioso que es: en catorce meses escribí más poemas que la mayoría de los poetas en toda su vida, por supuesto de mayor calidad y, encima, en la estrofa más difícil que existe, evitada como si del demonio se tratase por casi todos y cultivada sólo por los más grandes Poetas que ha conocido la Historia de la Literatura. Y además, insisto, lo hice como algo secundario, mientras en ese mismo año escribía cuatro libros de investigación científica y una centena de páginas periodísticas. Amén de revolucionar todo lo relacionado con los orígenes de la lengua castellana y de impartir un montón de conferencias. Y no escribo todo esto para vanagloriarme de nada sino para poner en la más escandalosa de las evidencias la vergonzosa vagancia de la que han hecho gala la inmensa mayoría de los que han pasado a la Historia adornados con la aureola de Poetas

Pero hablemos ya del Soneto y de sus contadísimos cultivadores… dignos de tal nombre. Por definición, el Soneto es una balada o canción de contenido amoroso y origen desconocido aunque presumiblemente muy antiguo. Sabemos que formaban parte del repertorio de los trovadores. Sin duda, la mejor parte, pues la personalidad y solera del Soneto son tales, que puede decirse que configura un auténtico género literario con identidad propia, perfectamente definida.

En mi opinión, el Soneto fue modelándose a lo largo de un dilatado proceso de maduración y de perfeccionamiento, que posiblemente se ha desarrollado a lo largo no ya de siglos sino de milenios y a partir de una estrofa inicial que no debió diferir mucho de lo que hoy conocemos como coplillas y cuya función -como sigue siéndolo la de éstas- no era otra que la de rendir tributo y homenaje a las Diosas de la Antigüedad, así como a sus encarnaciones humanas femeninas: las mujeres adoradas por los poetas de todos los tiempos.

Poco prodigado debido a su enorme dificultad, Boileau dijo del Soneto que… Lo inventó Apolo para tormento de los poetas. Y tormento ha tenido que ser, en efecto, cuando nadie ha conseguido superar el techo alcanzado por Petrarca, rey incontestable de esta estrofa poética con sus 317 sonetos dedicados, en buena parte, a su amada LauraShakespeare, muy a la zaga, nos ha legado 154. Los dedicó a todas las mujeres, parece que numerosas, a las que amó.

Entre los poetas más próximos a nosotros, se distinguieron como sonetistas, Victor Hugo, Baudelaire, Verlaine, Jacinto Verdaguer… o Luis Carlos Viada y Lluch, gran sonetista que escribió no pocas estrofas con el fin de ironizar sobre los errores del Diccionario de la Real Academia Española. Que, entre paréntesis, son infinitos y monumentales.

En cuanto a los clásicos y entre los españoles, destacaron en el cultivo del Soneto algunos de los nombres más ilustres de nuestra Literatura: Lope de Vega (que escribió más de 200, de los que 117 son amorosos), Gutierre de Cetina (que parece haberle superado, con 247), Góngora (con otras dos centenas) y… Argensola, Cervantes, Quevedo, Garcilasso de la Vega, Arquijo, Villamediana… O Camoens, al que incluyo también en la cumbre del Parnaso ibérico. Nombres todos ellos, éstos y los anteriores, a los que rindo mi más fervoroso y apasionado homenaje de devoción y de admiración.

Más allá del hecho de que haya escrito hasta este momento mil trescientos sonetos más que el poeta que más sonetos había escrito en la Historia de la Literatura, el interés de mi colección de, hasta esta fecha, 1620 sonetos + una cifra similar correspondiente a mis obras teatrales, estriba en que la obra sonetística de todos mis predecesores, excepto en el caso de Petrarca, se desarrolló de manera inconexa, como una obra deslabazada carente de vínculos y de un destino común. Lo que no les resta valor alguno a cada uno de esos sonetos, pero sí al conjunto de la obra, al perder su condición de todo unitario y homogéneo. Como la que pueda tener una obra teatral, una novela, un ensayo o cualquier otra manifestación literaria.

Un libro de poemas en el que cada uno de éstos baila solo y campa por sus respetos, sin que exista una armonía general que los inspire y oriente y que les otorgue el carácter de obra propiamente dicha, podrá tener todo el valor que se quiera en cada una de sus partes, pero no como obra en sí misma. Que, a mi juicio, debe ser el objetivo por excelencia hacia el que debe tender todo creador. No crear sueltos o creaciones deslabazadas, por brillantes que sean, sino componer (insisto en el término) obras sólidas y bien ensambladas que son, a la postre, las que llegan a adquirir la condición de obras maestras u obras de arte, consiguiendo conmover y enriquecer a quienes se acercan a ellas  y, al propio tiempo y en la misma medida, enriquecerles y sublimarles. Amén de que la composición de obras sueltas, por brillantes que sean, entraña una dificultad y una complejidad infinitamente menores. Son, pues, estas características las que le otorgan a mi colección de sonetos un carácter único en la Historia de la Poesía, al estar formada por una sucesión de composiciones que aparecen nítidamente encadenadas, hasta el punto de configurar un todo armónico, coherente y equilibrado. De tal modo que el conjunto de los, hasta aquí, diez y seis libros de una centena de sonetos cada uno, construye una auténtica historia, dotada de un argumento y de unos protagonistas perfectamente definidos, relatando unos hechos absolutamente fidedignos y ciertos y girando esos avatares en torno a unos escenarios claramente localizados y bien conocidos.

Los estadios del alma viene a ser, en suma, una suerte de obra dramática o de relato que cuenta una historia y que, para ello, recurre a la estrofa reina de la Poesía: al SONETO. Contribuye a reforzar esa índole narrativa el hecho de todos y cada uno de los sonetos aparezcan acompañados de una breve reseña que da fe del día, de la hora y del lugar en los que fueron compuestos, pudiendo verificarse este hecho tanto entre las personas que han sido testigos o partícipes de la composición de los sonetos, como en los propios cuadernos -de hoja ni movibles ni intercambiables- en los que aparecen plasmados los originales manuscritos.

Por otra parte, considero digno de subrayarse el hecho de que pesar de ser tan crecido el número de sonetos que he compuesto, sean muy escasos aquellos en los que se repite la misma combinación de rimas. No en vano he puesto todo mi empeño en diversificar esas combinaciones hasta lo indecible, aun a costa de tener que afrontar composiciones extraordinariamente arduas, en razón a la minúscula gama de términos a los que podía recurrir. E incluso en muchos casos, esos sonetos pergeñados con rimas complejas, desarrollaban a su vez ideas complejas cuya construcción requiere, por razones obvias, de un vocabulario lo más extenso posible. Porque la belleza y riqueza de un soneto no radica sólo en que exprese una idea bella de la manera más sencilla y fluida posible, sino también en que, utilizando un lenguaje sencillo y perfectamente asequible, no apele a las combinaciones de rimas facilonas y manidas en las que la gran cantidad de vocablos a los que resulta posible recurrir, simplifica enormemente su composición, al tiempo que la empobrece. Porque la riqueza de cualquier creación literaria, particularmente en el caso de la Poesía, va estrechamente vinculada a la riqueza y variedad del vocabulario que utiliza. Y en este sentido y sin desmerecer el ingenio del poeta que lo compuso, el célebre soneto que comienza… No me mueve mi Dios para quererte / el cielo que me tienes prometido…, basa por entero su fluidez en el hecho de que recurre a rimas fáciles. El mérito, pues, de composiciones como ésta, no descansa en su calidad literaria sino en la brillantez de la idea y en la maestría con la que ésta ha sido desarrollada.

Posiblemente porque rara vez coinciden en una misma persona la condición de poeta y de crítico literario, no se han valorado lo suficiente aspectos como éstos a los que me vengo refiriendo, pasándose por alto ciertas tentaciones en las que ciertos poetas caen con facilidad, ya sea por evitar las composiciones con rimas complejas (que son justamente aquellas en las que más brilla el ingenio y en las que más elevadas cotas de belleza formal y estética pueden alcanzarse), ya por recurrir a fórmulas manidas y tópicas, ya por dar generosa cabida en sus poemas a nombres de personas o de lugares cuya única función es la de proporcionar al poeta la terminación que necesita para poder rematar un verso de rima ardua. La misma finalidad con la que acostumbran a forzarse toda suerte de comparaciones y de metáforas, geniales a veces, forzadas y burdas casi siempre, cuyo único objeto es el de prestarle al poeta la desinencia que requiere para completar un verso. Léase, “ágil cual corcel, “dulce cual la miel“, “como el tierno pajarillo“…